La despedida de Antonio Navarro Wolff se realizará hoy en el cementerio Jardines de La Paz, en Bogotá. Así lo confirmó su familia a través de un corto mensaje en el que informó que la ceremonia será privada y contará con la presencia de familiares y amigos, desde las 9:00 de la mañana.
El exconstituyente, exgobernador de Nariño, exparlamentario y antiguo comandante del M-19 falleció el pasado domingo 1 de noviembre, a los 78 años. Su muerte también dejó una coincidencia alrededor de los tres copresidentes de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991.
Navarro fue el último de ellos en fallecer. Horacio Serpa murió un 31 de octubre de 2020; Navarro, un 1 de noviembre de 2026, y Álvaro Gómez Hurtado fue asesinado un 2 de noviembre de 1995. Tres fechas consecutivas en el calendario, aunque de años distintos, que ahora forman parte de las coincidencias.
Detrás de su trayectoria política, sin embargo, hay otros episodios que permiten entender más a Navarro Wolff.
Mucho antes de convertirse en uno de los dirigentes del M-19 y de llegar a la Asamblea Nacional Constituyente, Navarro fue reconocido por su desempeño académico. En 1966, cuando se graduó del Colegio Santa Librada de Cali, recibió la medalla General Santander como mejor bachiller de su promoción.
En una entrevista con la revista Cromos, recordó ese reconocimiento y habló de su época como estudiante. Contó que era aplicado, que nunca perdió una materia y que también participaba en actividades culturales del colegio. Incluso fue tesorero de una asociación estudiantil que organizaba la semana cultural de Cali. Su vida académica también estuvo acompañada por el deporte.
Fue atleta de la Universidad del Valle y llegó a competir en los 400 metros planos. Según recordó en esa misma conversación, a los 20 años corría esa distancia en 51,5 segundos. Aprendió a bailar salsa en su juventud en Cali. En Bogotá frecuentaba lugares como El Goce Pagano y Café Libro para escuchar y bailar salsa vieja.
La trayectoria de Navarro no comenzó en la política ni en las armas. Su formación inicial estuvo vinculada con la ingeniería y la investigación académica. En 1972 obtuvo el título de ingeniero sanitario en la Universidad del Valle, institución en la que posteriormente trabajó como profesor y asumió responsabilidades académicas.
Cuatro años después viajó a Inglaterra para adelantar estudios de posgrado en Ingeniería del Medio Ambiente en Loughborough University. Durante su formación contó con becas y apoyos de instituciones como la Fundación Rockefeller, el Consejo Británico y el Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo de Canadá (IDRC).
La particular forma de hablar de Navarro Wolff tenía un origen que pocos conocían en detalle. No era una condición de nacimiento, sino una secuela del atentado que sufrió el 23 de mayo de 1985 en Cali. Ese día, mientras desayunaba en una cafetería, un hombre ingresó al establecimiento y lanzó una granada desde la puerta. El artefacto explotó a pocos centímetros de donde estaba sentado.
El ataque le causó heridas de extrema gravedad y lo dejó al borde de la muerte. En una entrevista con Cromos, Navarro recordó que la explosión le produjo un profundo daño en el pie izquierdo y le dejó 136 esquirlas en el cuerpo.
La gravedad de las lesiones obligó a amputarle la pierna izquierda por debajo de la rodilla. Pero hubo otra consecuencia que lo acompañó durante el resto de su vida: una esquirla le seccionó el nervio hipogloso izquierdo, encargado de controlar los movimientos de ese lado de la lengua.
Por eso perdió parte de la capacidad para articular las palabras y quedó hablando, como él mismo decía, "a media lengua".
El atentado de mayo de 1985 también obligó a Navarro a salir de Colombia para recibir atención médica y recuperarse. Primero fue trasladado a México, donde le amputaron la pierna, y posteriormente permaneció en Cuba.
Precisamente en La Habana se encontraba el 6 de noviembre de 1985, cuando el M-19 inició la toma del Palacio de Justicia en Bogotá.
Navarro relató que estaba almorzando con la escritora Laura Restrepo en el hotel Riviera cuando un mesero, que sabía que era colombiano, se acercó para advertirle que algo muy grave estaba ocurriendo en su país.
El dirigente le preguntó cómo se había enterado y el hombre le respondió que por televisión. Navarro se dirigió entonces a su habitación, encendió el televisor y vio las noticias del caso en los principales noticieros de la época.
Antonio Navarro Wolff encontró en la salsa una de las formas de expresar su personalidad y disfrutar la vida.
Creció en Cali durante las décadas de 1960 y 1970, cuando la ciudad vivía el auge de este género musical, que terminó convirtiéndose en la banda sonora de su juventud.
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La cantaba en la escuela, se la dedicaba a sus enamoradas y la bailaba en la universidad, según contó en una entrevista con KienyKe.
Cuando se radicó en Bogotá, tampoco abandonó esa pasión. Por el contrario, hizo de la salsa vieja una de sus formas de conectarse con la ciudad.
En un perfil publicado por Cerosetenta, de la Universidad de los Andes, se cuenta que frecuentaba lugares emblemáticos de la capital como El Goce Pagano y Café Libro, donde encontraba espacios para escuchar música y bailar.
Esa relación con la pista adquirió un significado especial después del atentado del 23 de mayo de 1985 en Cali, cuando una granada estalló cerca de él y las heridas obligaron a los médicos a amputarle la pierna izquierda por debajo de la rodilla.
El episodio marcó su vida, pero no significó el final de su afición por el baile. En una entrevista con Infobae, Navarro recordó con humor que había aprendido a bailar con dos piernas, pero que, después de tantos años de práctica, una era suficiente para seguir disfrutando de la salsa.
Una anécdota que también quedó registrada en el programa Los Informantes. Su prótesis no lo apartó de las pistas: la música siguió siendo parte de su vida.
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